Una historia contada por Las Novias.
Óskar Díez. Guitarra del grupo zaragozano LAS NOVIAS

Íbamos a un Instituto público en el barrio obrero de Las Fuentes, en Zaragoza. Llevábamos melenas largas, abrigo negro hasta los tobillos y ropa del mismo color. Zapatos de suela gruesa, con tres hebillas mejor que con dos o botas militares. Eran mediados de los años 80 del pasado siglo. Las cosas eran muy diferentes entonces. Los jóvenes amantes de la música vivíamos en el dominio de la escasez. Era casualidad pero ninguno o casi ninguno de nosotros tenía hermanos mayores; así que no disponíamos del habitual acopio de vinilos, siquiera detestables, propios de la herencia fraterna. Sin apenas discos, con un puñado de nombres cogidos a la pasada de la radio, intentábamos deducir de qué grupo era lo que oíamos en nuestro bar favorito o imaginábamos -a partir de la crítica leída- cómo sonarían los grupos que se nombraban en la prensa musical especializada. Cuando a veces me pongo a pensar en ello, me parece apropiado denominarlo “la época heroica” de los aficionados y las aficionadas a la música.
En ese contexto tuvo lugar nuestra educación sentimental particular. Compartíamos gustos musicales y nos prestábamos los (escasos) vinilos y las (mucho más abundantes) cintas cassettes  que poseíamos, que por supuesto, eran casi siempre grabadas. Ninguno teníamos ni idea de tocar un instrumento musical; de hecho, no teníamos instrumentos, aparte de una guitarra española, un teclado casio pt-20 y las flautas hohner de la E.G.B.. Nada de ello fue obstáculo para decidir formar un grupo. Conseguimos encontrar un local de ensayo en un edificio en ruinas del barrio de San José y, con instrumentos -prestados y de octava mano- el grupo se puso en marcha. Este es un rasgo muy de la época: estaba vigente el espíritu punk y no te planteabas la necesidad de tener unos mínimos conocimientos musicales o los instrumentos adecuados; en cierto modo, no saber tocar y hacerlo con material de desecho era casi una ventaja, la garantía de no dejarte arrastrar a hacer música comercial, entonces, el auténtico lado oscuro de la fuerza, el enemigo a batir. No nos llamábamos todavía Las Novias y, en el único concierto que hicimos, además de batería, una guitarra con distorsión y la voz, utilizamos bidones tocados con tuberías de acero y un televisor estropeado con una fotocopia de la cara de Nietzsche pegada con celo sobre la pantalla. El televisor se limitaba a aportar ruido, y el resto más o menos lo mismo. Éste es igualmente otro rasgo muy típico de los 80: el eclecticismo, la mezcla de influencias muy diferentes con una voluntad de experimentación y una desesperada vocación vanguardista. El modelo local en este aspecto eran los John Landis Fans, grupo que mezclaba la música oscura con elementos electrónicos low-fi y psicodelia sesentera. 

El grupo disfrutando con amigos. Foto: Ana Lydia

Nadie hablaba de movida “gótica”: el término para referirnos a todos esos grupos era el de siniestros. Nosotros siempre rechazamos esa etiqueta. Aunque casi todos los grupos siniestros nos gustaban, no sólo nos gustaban los grupos siniestros. Dentro del panorama local, conocíamos (y adorábamos) a Parálisis Permanente, aDécima Víctima y a Gabinete Caligari (hasta el Cuatro Rosas). Luego estaban los excelentes La Dama Se Esconde cuyos primeros discos compramos y que tampoco entraban en lo que podría llamarse la ortodoxia… Estaban también Ana Curra, los Desechables y Mar Otra Vez, a los que íbamos a ver cuando tocaban en la sala M-TRO o en la EnBruto, pero ahí se acababan (o casi) nuestras referencias del siniestrismo en el ámbito estatal. Detestábamos el encasillamiento, la ortodoxia: el denostado punk de escaparate tenía su réplica en el resto de los estilos, incluido el siniestro; es decir, la pose sin autenticidad. Nos encantaban grupos como Radio Futura o Golpes Bajos, su ironía y su eclecticismo y escuchábamos música de todo tipo, desde los Cramps hasta Esplendor GeométricoDavid Sylvian, Laibach, Prince o los Nomads; en realidad, muy poca música española. Así que cuando los Cure, los Bauhaus (vía Peter Murphy o Love and Rockets) y los Joy Division (reconvertidos en New Order) “traicionaron” sus orígenes siniestros para acercarse al pop a nosotros nos pareció genial. Por contra, The Mission nos parecían ya un poco pesados, repitiendo una y otra vez la misma fórmula mientras que los Sisters se esfumaban sin decir nada especialmente interesante tras su Lucretia my reflection. Siempre andábamos criticando todos los virajes que daban los Cult, aunque luego nos encantaban.

Presentación de «El Mar No Cesa», de HdS en la Estación del Silencio. Foto: Javier Cebollada

Sí, rechazábamos la etiqueta de grupo siniestro, etiqueta que  -visto desde la perspectiva de hoy- tal vez nos correspondía y que  -de todas formas- nos ponían igualmente. No voy a negar que la tríada Bauhaus, Joy Division y The Cure era tal vez la referencia fundamental, sobre todo los dos primeros; también nos fascinaban –a unos más que a otros- grupos como The Smiths, Jesus and Mary Chain (el escucharlos por primera vez en El Selector, un programa de radio, fue un auténtico impacto), Cocteau Twins, Dead Can Dance o Sonic Youth (todavía hoy utilizamos una sintonía suya).

Las versiones que de otros grupos hacíamos en directo seguían, no obstante, la pauta de esquivar la ortodoxia: T-Rex, Electric Light Orchestra, Barón Rojo, Leño (The Cult, con su disco Electric, nos ayudaron a recuperar sin sofocos nuestro compartido “pasado” heavy) y Radio Futura. Sólo mucho más tarde nos atrevimos a homenajear a Gabinete y a Parálisis: a finales de los 80 o a principio de los 90 hubiera resultado demasiado obvio.

Ahora es muy sencillo tener un conocimiento cuasi-enciclopédico de cualquier estilo, por muy minoritario que sea. Los textos, la música,  imágenes de los grupos, foros,  críticas y  páginas oficiales: todo está en internet. Hace sólo veinte años, como saben de sobra todos los de nuestra quinta e ignoran inevitablemente los más jóvenes- eso era inimaginable.

Lo cierto es que adquirir un nivel decente de cultura musical en aquel momento –segunda mitad de los 80- en Zaragoza era complicado y creo que en el resto de las ciudades, tal vez con la excepción de Madrid o Barcelona, era lo mismo. Complicado pero no  imposible. Sin moverte de casa, desde luego, poco: la radio, algo de prensa (también los fanzines), casi nada de Televisión; había que salir: a las tiendas de discos,  a los conciertos y … a los bares.

Había discos, desde luego, pero a un precio “inaccesible”, al menos para nosotros que no teníamos un duro. Acudíamos a echar un vistazo de vez en cuando a las tiendas de discos a ver todas aquellas fascinantes portadas con cuyo contenido nos dedicábamos a especular. Discos Linacero, Cara 2, diminutos templos donde estaban guardadas la imagen de nuestros dioses. De vez en cuando nos comprábamos uno. Los discos de importación –casi siempre traídos de Londres por la élite local-eran todavía más atractivos y, por supuesto, todavía mucho más caros.  Cada disco era un tesoro, que debía ser compartido con los colegas; circulaban de mano en mano entre el grupo de amigos, aunque por precaución, era preferible grabárselos personalmente en cinta. Devolver rayado uno de estos discos podía poner a prueba la más firme de las relaciones. Con tan pocos discos disponibles, una fuente indispensable de conocimiento era la radio, sobre todo Radio 3 y algunos programas locales zaragozanos. Entre estos podían destacarse El Selector, Sangre española – ambos de Cachi- o Parafernalia, presentado por Miguel Mena; en ellos no solamente te enterabas de noticias y novedades del panorama nacional e internacional sino que -algo importantísimo para nosotros entonces- podías conseguir que sonasen las maquetas de tu propio grupo. Esto último fue, sin duda, clave para que se generase una masa crítica, musicalmente hablando, y se generase una activa y efervescente escena local cuya joya de la corona acabarían siendo los Héroes del Silencio.

Los componentes de Las Novias, acompañados de Enrique Bunbury. Foto: Pablo Rubio

La televisión tenía poco que aportar; por supuesto estaban la Edad de Oro, donde descubrí a los Psichedelic Furs y a los Psychic TV, los programas de Tena en TVE y la Bola de Cristal. Los minutos musicales que se intercalaban de vez en cuando en la programación de televisión al medio. día eran una auténtica fuente de sorpresas: recuerdo haber visto Radioactivity de los Kraftwerk o Mask de Bauhaus entre los habituales Madonnas y Ricks Astleys. Por lo demás, apenas había ocasión de ver videoclips que se salieran del standard comercial. Tampoco la prensa traía demasiada información, particularmente sobre música gótica. En España y en creo que también en el ámbito anglosajón, el rollo siniestro estaba (casi) muerto a finales de los 80. Aparte de rastrear información en revistas como Rockdelux o Heavy Rock, nosotros nos íbamos de vez en cuando a comprar el Melody Maker y el New Musical Express -como quien consulta un oráculo- a un kiosko de la calle Cesáreo Alierta, que traía regularmente algún ejemplar.

Los bares eran una fuente mucho más directa de conocimientos musicales y donde, cuando apetecía, podía ejercer uno de tribu con los afines. En Zaragoza pudimos ver sesiones de videos –vídeos de esos que ahora todo el mundo ha visto  o se los ha descargado a través de internet, pero que entonces eran una rareza digna de una sala de arte y ensayo- en la sala M-TRO, hacia el año 86 u 87;  acudíamos ávidos a aquellas videoaudiciones. Nos plantábamos delante de la pantalla con la intensidad de  quien acudía a un concierto de verdad. Recuerdo particularmente los de The Cult (primerísima época), the Cure y los de Bauhaus

Aparte de la sala M-tro (la primera sala de conciertos estable del afterpunk zaragozano y donde, por cierto,  Las Novias hicimos el segundo concierto de nuestra historia), se pueden citar, entre los bares más “antiguos”, la discoteca KWM donde pinchaba Santi Rex de los Niños del Brasil. En la KWM, se hicieron algunos conciertos: recuerdo ver a los Lunes de Hierro, el grupo efímero siniestro que se montó Servando Carballar de los Aviador Dro. Algo después se abrió la sala EnBruto (conciertos de La Muerte, Alien Sex Fiend, Fields of the Nephilim, Sonic Youth…) y templo nocturno por excelencia. Más lugares: El Muelle y el Sevilla,  decididamente orientados a los sonidos oscuros; el Interferencias, la Central, la Estación Del Silencio, la Gruta,  el Crom, el Electric, La Kama… mucho más diversos e incluso sólo de vez en cuando pinchando música oscura…

Eran lugares donde poner sonido a lo que leías en la prensa o donde descubrir lo que se escondía detrás de las sugerentes portadas.  A algunos de estos bares hay que hacerles, además, el reconocimiento del dineral que se gastaban mensualmente en discos con el fin de mantener el rango del garito y satisfacer a una clientela que muchas veces acudía a escuchar unas canciones concretas a un bar determinado. Durante un periodo de tiempo que vivido entonces parecía ilimitado, recuerdo ir a escuchar a los Alien Sex Fiend en el Muelle, a los Laibach en el Sevilla, a los New Order en la Central, los Field of the Nephilim en el Agujero Negro, los Love and Rockets en la Gruta, Christian Death en el Interferencias

A lo largo de los 90 se han ido incorporando -y la mayoría desapareciendo- muchos otros: la sala King Kong, DeVizio, El Teatro de Las Ánimas, el Agujero Negro (donde de vez en cuando pinchaba yo), el Mar de DiosSanctuary, Hellfire, casi todos estos mucho más apropiadamente encuadrables en la onda gótica, sobre todo los dos últimos…

Foto promocional del grupo realizada por Joaquín Cardiel, ex componente de HdS.

Creo que no me equivoco si dejo escrito que en Zaragoza no ha habido nunca “movida gótica” como tal: la red de bares de ambiente siniestro –las posibles huellas de esta “movida”- eran  estrellas en la noche oscura que no llegaban a formar constelación; muchas veces los bares no coexistían sino que se sucedían unos a otros. Algo parecido pasaba con los grupos. Ha habido un cierto número grupos que podríamos encuadrar en la onda after punk oscura, pero sin llegar tampoco a consolidarse o, al menos, a encontrar continuidad. Al tiempo que nosotros, a finales de los 80 estaban los Gazza, donde tocaba Ramón Gacías, el batería de Bunbury y la Edición Fría, donde comenzó Joaquín Cardiel de los Héroes, entre los que puedo recordar ahora. Los ya citados John Landis Fans y los inicios de los Niños del Brasil. El grupo más cercano a la línea oficial del género – tanto en música como en estética- ha sido, sin duda los Gothic Sex, con quienes tocamos una vez en Madrid y que han funcionado incluso más en Europa que localmente. También estaban los Experimentos en el Terror, con Ignacio Devizio al frente, más punkis y metaleros, ya desaparecidos y, todavía en activo, los muy amigos Carlos y María, con El Luto del Rey Cuervo, heterodoxa mezcla de chirriantes descargas de energía con un lirismo en la onda Nick Cave o Current. No añado a la lista muchos más grupos de existencia efímera y que no llegaron a tener suerte.

Nosotros, por nuestra parte, experimentamos un distanciamiento de la ortodoxia siniestra a principios de los 90. Aunque la música gótica vive un periodo dorado desde el cambio de siglo, los 90 no fueron especialmente buenos ni creativos; sólo los alemanes –como guardianes de la línea oficial y, al tiempo, reinventando el electro– aguantaron la travesía del desierto. Nosotros mirábamos hacia el otro lado del Atlántico. El descubrimiento de Metallica (en la época de And Justice for all prolongada y elevada a la gloria absoluta con el Disco Negro), Danzig y grupos del grunge como Alice in Chains o Soundgarden nos impactó, y nos confirmaron que el sonido oscuro realmente interesante se estaba haciendo en los EE.UU. y que ese sonido se expresaba bajo la forma de rock duro.

La forma en que conseguíamos información de la música cambió en esa época. Llegó el CD y la MTV que, al menos en Zaragoza, empezó a poder verse  a través de las antenas comunitarias en miles de casas. ¡La MTV!: “120 Minutes” y, en menor medida, “Headbangers Ball”, nos proporcionaban las anheladas riquezas de las que en los 80  sólo con cuentagotas disponíamos.

En el año 95 editamos nuestro segundo disco Todo/Nada Sigue Igual, que recogía esas influencias y que fue acogido con  buenas críticas tanto en los ambientes de los que veníamos como en los medios más rockeros, por ejemplo revistas como Heavy Rock o Kerrang; hubo seguidores que quedaron defraudados con el cambio, pero eso siempre pasa y un grupo debe tomar decisiones y asumir riesgos para crecer o simplemente para satisfacer su voluntad de encontrarse a sí mismo más allá de la autorrepetición.

Después de un tiempo de promoción, ensayos y conciertos, en el que constatamos que el deseado salto adelante no se iba a producir, empezamos a perder energía y el grupo entró en un periodo de letargo.

En el 98 regresamos con en el CD Maxi Largo Tiempo Esperando, en el que presentábamos el tema nuevo  que daba nombre al disco y, al tiempo, homenajeábamos a esos grupos españoles que nos habían marcado en la adolescencia: Parálisis, Gabinete, Leño… Más que un regreso -luego lo supimos-  fue una despedida, el cierre de una época.

Tras el adelanto del single Voilá, en 2008, al año siguiente el grupo editó un nuevo disco, EGO, que sintetizaba los sonidos más oscuros del Sueños en Blanco y Negro, con la intensidad rockera del segundo pero con resultado distinto, que no repite lo anterior. En 2014 se ha editado Invicto, en la estela del anterior pero con un giro radical a la hora de componerlo y trabajar en él, lo que le convierte -creemos- en el mejor disco nuestro hasta el momento. Facturado en estrecha colaboración con Nacho Serrano de Niños del Brasil, mantiene como siempre en nuestros discos la tensión entre los sonidos de aquella gloriosa -musicalmente hablando- década de los ochenta y el momento actual.