Una de aquellas noches (Los 80 de Miguel Mena)

Artículo publicado en el libro “Perdidos en los 80”
Autor: Miguel Mena (Locutor de radio y escritor aragonés)


Entrada del concierto de Héroes del Silencio con los granadinos 091

Hace unos meses visité un bloque de apartamentos en una calle del Casco Histórico de Zaragoza. No era un edificio nuevo, pero había sido completamente remozado. Estaban empezando a llegar los primeros vecinos. Sólo había cinco apartamentos ocupados. La persona que me los enseñaba comentó que, antes de la reforma, aquel lugar había sido un hotel. Entonces recordé que yo había estado allí muchos años antes y que había sido pocas horas después de ver por primera vez en concierto a Héroes del Silencio.


El autor en el locutorio de Cadena SER en Zaragoza

El 1 de mayo de 1985, Enrique Ortiz de Landázuri, bajo y voz, Juan Valdivia, guitarra, y Pedro Valdivia, batería, dieron su segundo concierto con el nombre de Héroes del Silencio. El primero había sido en marzo, en unas matinales organizadas en el cine Pax, en la plaza de La Seo, pero yo me lo había perdido por hallarme de viaje en Galicia. Procuré no perderme su segunda actuación porque, entre quienes entonces hacíamos radio musical, empezaba a comentarse que aquel trío era de lo mejor que había surgido en los últimos meses en la ciudad. Además tocaban como teloneros de un grupo granadino que acababa de publicar su primer disco, 091, una banda que me había interesado desde que apareció su primer single por la radio.

La actuación tuvo lugar en el pabellón de San José, un destartalado edificio que todavía se mantiene en pie en la confluencia de dicha avenida con la calle Cesáreo Alierta. Antonio Tenas, policía municipal, teclista del grupo Vocoder y recién metido a organizador de conciertos, me dijo que habían vendido ciento noventa entradas. Sumando los que estábamos allí por invitación, el público ascendía a poco más de doscientas personas.


Nuestro gran amigo Antonio Tenas, en su despacho de Vocoder Producciones

Cuando empezó la actuación de Héroes del Silencio era imposible no acordarse de The Police, no por el estilo de las canciones, sino por la presencia escénica del grupo: sólo tres músicos, guitarra, bajo y batería, lo elemental para dar un concierto, pero con la particularidad poco frecuente de que la voz cantante la llevaba el bajista, como Sting en Police. Pero es que además Bunbury, que entonces tenía diecisiete años y aún no había adoptado ese nombre artístico, se comportaba sobre el escenario de aquel ruinoso recinto con la misma convicción que si estuviera actuando en un estadio ante miles de personas. En un lugar donde todo era tan precario, el sonido, las luces, las paredes sucias, brillaba la determinación de aquel chaval dispuesto a comerse el mundo.

Concluida su actuación, bajaron del escenario y se mezclaron con el público para ver el concierto de 091. Los granadinos tenían una poderosa presencia escénica, una mezcla de contundencia y elegancia. José Antonio García en la voz, José Ignacio García Lapido en la guitarra y como principal compositor de unas canciones con una personalidad muy acusada, Cayetano Aníbal en la batería, que más tarde firmaría como Tacho González para no ser confundido con su padre pintor, y Antonio Arias, que tiempo después crearía Lagartija Nick, al bajo. Cuatro andaluces muy alejados de la estética y el sonido que solían llegar del sur. Nada que ver con grupos como Triana o Medina Azahara. Lo suyo era rock sin etiquetas, si acaso emparentado con el power pop y los sonidos de la resaca del punk en Inglaterra. No en vano poco después conocerían a Joe Strummer, de vacaciones en Granada, y el cantante de The Clash les produciría su segundo disco, aunque ni siquiera el padrinazgo de uno de los padres del punk y la new wave serviría para hacer de 091 un grupo superventas.


Miguel Mena, en una firma de libros en su faceta de escritor

Allí sonaron canciones como Las sombras, Primer invierno después o Ella está detrás de la puerta, temas incluidos en Cementerio de automóviles, su primer LP. Todavía no eran canciones populares, en realidad no lo serían nunca, pero sonaban en los programas especializados de radio, como había sonado su primer single, Llamadas anónimas, y el público presente disfrutó del concierto. Cuando todo acabó, como solía ser habitual, los que trabajábamos en diferentes medios de comunicación acabamos mezclándonos con músicos y organizadores, y de allí salimos todos juntos a estirar la noche entre copa y copa.


Con Niños del Brasil durante una actuación unas Fiestas del Pilar

Enrique, quiero decir Bunbury, hablaba mucho y parecía tener una vitalidad desbordante; los hermanos Valdivia eran más reservados. En cuanto a los 091, distaban mucho de la imagen tópica del andaluz dicharachero y también del carácter que suele adjudicarse a los músicos de rock. Tranquilos, educados, más bien introvertidos, en particular su guitarrista, el más comunicativo de todos era con diferencia el batería. Recuerdo que acabamos en la discoteca KWM, donde Santi Rex oficiaba como disc jockey, pero no sé cuántos pasos intermedios daríamos porque entre la avenida de San José y Fernando el Católico hay un largo recorrido. También es muy largo el trayecto entre Fernando el Católico y la calle Predicadores, lugar al que acompañé a los músicos granadinos para dejarles en la puerta de su alojamiento, el Hotel Conde Blanco. El mismo que veinticinco años más tarde fue convertido en un edificio de apartamentos, en uno de los cuales escribo estos recuerdos tanto tiempo después de aquel concierto.